
«No hay grandes diferencias entre realidad y ficción, ni entre lo verdadero y lo falso. Una cosa no es necesariamente verdadera o falsa; puede ser al mismo tiempo verdadera y falsa».
Harold Pinter, que ha perdido en Londres y en el día de Nochebuena la batalla que mantenía desde antiguo contra un cáncer, escribió esto en 1958 y lo recordó en 2005, en su discurso de aceptación del Premio Nobel de Literatura, para aludir a la tarea del escritor como explorador de la realidad a través del arte. Porque, como explicó, «la verdad en el arte dramático es siempre esquiva. Uno nunca la encuentra del todo, pero su búsqueda llega a ser compulsiva. Claramente, es la búsqueda lo que motiva el empeño.
Tu tarea es la búsqueda (…) Pero la auténtica verdad es que en el arte dramático no hay tal cosa como una verdad única. Hay muchas. Y cada una de ellas se enfrenta a la otra, se alejan, se reflejan entre sí, se ignoran, se burlan la una de la otra, son ciegas a su mera existencia».
Como en su obra, hay que leer bajo este texto el hondo latido insatisfecho de quien intuye que lo que se dice, lo que se expresa, lo que se llega a atisbar es sólo una parte de un iceberg arrastrado por el inmenso turbión de las palabras. En su teatro, la realidad cotidiana se percibe como un tenso caos en aparente equilibrio y las situaciones anodinas esconden un erizado trasfondo de pulsiones insatisfechas, de ominosas relaciones de poder no siempre expresadas con claridad, de viejos rencores y heridas larvadas, de silencios cargados de inquietantes significados que el lenguaje elusivo apenas deja traslucir. Las enseñanazas del gran Chéjov palpitan en la forma de tender las redes de subtextos que son el destilado ácido de unas palabras que, paradójicamente, se derraman como elementos de incomunicación.
Un teatro perturbador, desasosegante, virulento a veces, al que se ha vinculado con algunos ecos del teatro del absurdo porque participa de esa forma de expresar el estupor ante los abismos que apenas percibimos, las fuerzas sociales que ahogan las aspiraciones individuales y las contradicciones de la naturaleza humana que lo hermanan con Ionesco y Beckett, del que fue buen amigo, y también con la mirada burlona e incandescente de Kafka.
Harold Pinter, que era hijo de un sastre de origen judío, había nacido el 10 de octubre de 1930 en Hackney, un barrio obrero del East End londinense. Desde muy joven tuvo clara su vocación de estar a la contra, pues a los 13 años rechazó la religión y a los 18 se negó a cumplir el servicio militar como objetor de conciencia. Ya había visitado por entonces durante un breve periodo la Royal Academic of Dramatic Art y había comenzado a escribir sus primeros poemas además de actuar con varias compañías modestas bajo el seudónimo de David Baron.
«The Room» (La habitación, 1957), representada por una compañía estudiantil de la Universidad de Bristol, fue su primera obra teatral de las veintinueve que escribió, número que a él, según confesó hace años en una entrevista, le parecían más que suficientes; a su actividad teatral hay que añadir sus trabajos para televisión, radio, cine y alguna incursión novelística y poética. Desde muy joven tuvo clara su vocación de estar a la contra, pues a los 13 años rechazó la religión y a los 18 se negó a cumplir el servicio militar como objetor de conciencia. SEGUIR LEYENDO ….



















































